
Jumfff! ¡Por Dios! Que fuerte. No hay quien lo aguante. Esto no se hace. ¿Quién ha sido?
-Maestro, ¿cómo es que siempre se te ve tan contento y satisfecho?
Estas son mis coordenadas actuales: Latitud= 40°24'59.87 N y Longitud= 3° 42' 13.68" O. Desde este punto del planeta establezco mi posición con respecto al entorno, para impulsarme hacia las personas, objetos, acciones, ideas y también punto de partida para alejarme de esas mismas cosas. Gracias por la visita. Adolfo Nivar Cedano
En la comunicación con algunas de esas personas he observado de manera muy curiosa eso de que si respondes que no tienes logrado algunos de los asuntos que quizás para ellos son sus prioridades para sentirse “realizados”, te manifiestan casi con pesar expresiones como: “ah!! yo pensaba que tu ya...”
Esto me ha hecho reflexionar en que muchas veces algunos idealizan la vida que quieren para las personas que les importan, creándose expectativas sobre ella, tantas que pretenden equiparar su vida con la de la otra persona, e intentan implantarle la creencia de que esa persona tiene que cumplir con esos conceptos que ellos tienen definidos como la meta a seguir para sentirse quizás “realizados” como seres humanos.
Quiero compartir con ustedes esta historia que leí en una ocasión y que se ajusta perfectamente a la situación que les narro.
Sé tú mismo
Había una vez, en un lugar y en un tiempo que podría ser aquí y hoy mismo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales, y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, pero uno de sus habitantes no participaba de la dicha general: era un árbol que se sentía profundamente triste. El pobre árbol tenía un problema: no sabía quién era.
El manzano le decía:
-Lo que te falta es concentración, si realmente lo intentas podrás tener sabrosas manzanas, es muy fácil.
El rosal le decía:
-No escuches al manzano. Mira, es más sencillo tener rosas y demás, son más bonitas y olorosas que las manzanas.
El pobre árbol desesperado, intentaba concentrarse y ser todo lo que le sugerían, pero no lograba ser como los demás le decían que debía de ser y por ello se sentía cada vez más frustrado y desgraciado.
Un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves, al ver la desesperación del árbol, exclamó:
-No te preocupes, tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida, tu esfuerzo ni tu energía a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo, conócete, y aprende a escuchar tu voz interior.
Y dicho esto, el búho despareció. «¿Mi voz interior? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme?»-pensaba el árbol, angustiado.
Pero el comentario del búho anidó en su corazón. Y el árbol empezó a dejar de prestar oídos a los comentarios de las otras plantas. Aprendió a estar en silencio, tranquilo gozando de los rayos del sol y de las refrescantes gotas de lluvia. Aprendió a disfrutar del canto de los pájaros que anidaban en sus ramas, a dejarse acariciar por el viento que silbaba entres sus hojas.
Y, cuando menos lo esperaba y buscaba, un día comprendió. Su corazón se abrió y su voz interior le habló:
-Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso; dar albergue a las aves; sombra a los viajeros; belleza al paisaje. Tienes una misión, cúmplela.
Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así pronto fue admirado y respetado por todos, pero lo más importante es que aprendió a respetarse y valorarse a sí mismo.
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Esta bonita historia cuando la leí me hizo reconocer que ya hacía mucho tiempo que yo había escuchado al búho, que por eso tengo la tranquilidad de no creerme que debo conseguir hasta pagando cuotas de amarguras, las recomendaciones para lograr los objetivos de vida que las personas que me quieren, con muy buena intención, claro está, desearían que yo consiga.
Esas recomendaciones viniendo de las personas que reconozco de alguna forma u otra que me quieren, me tienen afecto o simplemente me tienen simpatía, las puedo entender perfectamente, así que por eso siempre busco la forma más diplomática posible para hacerles entender que si en el fondo sus deseos es que yo esté bien, que sepan que me siento más que bien.
La cuestión es que también en este hermoso jardín no solamente me encuentro manzanos y rosales, también hay muchas plantas carnívoras, cactus y malezas que intentan persuadirme para que me transplante en su terreno, para devorarme, clavarme sus espinas o enredarme en su hiedra y me convierta en las mismas plantas que ellas.
Es ahí cuando debo rememorar el mensaje del búho de no dedicar mi esfuerzo y mi energía para ser como los demás quieren que yo sea, dictándome muchas veces como tengo que vestir, a los sitios que debería frecuentar, el tipo de amistades que debo elegir, la forma física que debería tener, la creencia religiosa que tengo que profesar, la ideología política que debo seguir, el coche que me corresponde usar, la zona en la que debería vivir y hasta del tipo de mujer que tengo que enamorarme y los hijos que debo tener.
En esa lista con algunas de las pretensiones que los demás quieren muchas veces que tú cumplas, quiero incluir y tratar por separado lo que para mí verdaderamente me parece lo máximo y en cualquier caso inconcebible e inadmisible, y es algo muy recurrente en muchas personas, lo de pretender que yo manifieste mis sentimientos de la misma forma como ellos lo manifiestan, llegando hasta el punto de sentenciarme por no expresarlos de la misma forma que ellos.
Gracias a que he aprendido la lección de respetarme y valorarme a mi mismo, desoigo esas voces que me invitan a pasarme a su terreno. Pero estoy consciente de que mi sordera no me hace inmune, por eso abrigo el deseo para que de forma oportuna la moraleja del búho llegue a mi mente y me recuerde que sobre toda las cosas, tengo que ser yo mismo.
Como ya a este verano le queda tres telediarios, me he puesto a hacer balance para ver como me lo he montado. El resultado ha sido en positivo, con un superávit de emociones también positivas.
Este ha sido unos de los pocos veranos en el que realmente me lo he podido dedicar a plenitud, donde he tenido verdaderas oportunidades de disfrutar del placer fisiológico y en especial de alegría espiritual, con días en los que he podido disfrutar yo solo, conjugando perfectamente ambas cosas, el placer y la alegría interior.
Uno de esos placeres ha sido dar rienda suelta a mi afición por los puros. He logrado disfrutar en conjunto de ese placer periférico, con la alegría espiritual. Momentos de verdadera satisfacción, aunque ese placer de fumarme un puro es algo externo que dependerá entre otras cosas de la calidad del puro, de la tripa y el capote con que esté hecho, del momento, cómo y con qué lo encienda, del ambiente.... un sin numero de otros factores.
Sin embargo, la alegría espiritual no depende de ninguna circunstancias porque es algo exclusivamente mío que dependerá por tanto únicamente de mi, que nada tiene que ver la excitación que me pueda producir el placer de fumarme un puro, con el estado interno de paz, de silencio, ese estado meditativo en el que me pierdo...... eso, alegría espiritual.
Muchas veces me he puesto a analizar de dónde me nace esa afición por los puros, cuando “lo normal” es que los que se enganchan al tabaco fumen cigarrillos de marcas comerciales. Respuestas y justificaciones las había encontrado en que siendo un niño recuerdo que una señora que cuidaba de mis hermanas y de mi, Doña Felicia, fumaba picadura de tabaco liado, lo fumaba a escondidas; o también otra señora vecina de mi familia de toda la vida, Doña Juana, con la que de niño siempre compartía grandes ratos, y que también fumaba puros a escondidas, porque en ese entonces, igual ahora también, no era socialmente bien visto en República Dominicana el fumar puros y mucho más una mujer. Pero igual esos hechos sirvieron simplemente para la fijación en mis recuerdos del aroma de los puros, porque ahora entiendo que mis razones para fumar puros son otras.
No me considero un fumador, solamente fumo puros cuando emocionalmente me encuentro plenamente a gusto, es cuando aprovecho un momento y un espacio ideal para encender un puro. Así que mi afición por fumar no la considero una adicción al consumo de tabaco, un consumo que fue una de las cosas que más me impactaron cuando vine a España, ver la gran cantidad de personas que son adictas al tabaco, fue tal ese impacto que sentí curiosidad en el tema y me puse a investigar sobre los orígenes del consumo del tabaco.
Aunque no se ha podido establecer cómo y cuándo se empezó a fumar, hay pistas que aportan algunos restos arqueológicos hallados a lo largo del continente americano: pipas primitivas, grabados mayas que muestran personas fumando, o artilugios utilizados como soporte de los cigarrillos. Estoy hablando de pistas que se sitúan entre cinco mil y tres mil años antes de Cristo, ojo!. Un consumo que se ubica en lo que hoy se llama America Latina y cuyo humo se ha expandido a todos los habitantes del Planeta.
Para los europeos la historia del tabaco comienza en el momento del encuentro con America 1492 (no descubrimiento porque ese continente ya existía) en Quisqueya, donde desembarco Colón y donde fijó el primer asentamiento europeo en el llamado “Nuevo Mundo”. Todo surge ahí en Quisqueya, la isla que llamó Colón La Hispaniola en honor a España y que hoy comparten las naciones de República Dominicana y República de Haití. Por esas tierras es donde los primeros expedicionarios narraron sus historias y así escribió Colón en su diario: ”hallaron los expedicionarios por el camino mucha gente que atravesaban pueblos, mujeres y hombres, con un tizón en la mano, yerbas para tomar su sahumerios que acostumbraban” Acaban descubrir el tabaco.
En Europa el hábito de fumar tabaco pronto adquirió connotaciones elitistas, y así se fue extendiendo. Fue el embajador de Francia en Portugal, Jean Nicot, quien promovió su consumo en Francia, y aportó la denominación botánica de la planta que fue llamada Nicontina Tabacún en su honor.
En nuestra época, en muchas culturas, asocian por ejemplo el fumar puros como un acto de bienestar o de celebración. En España, en las bodas la tradición es que los novios regalen puros al final del banquete de bodas. Narra en su libro Café, Copa y Puro, Manuel Morales (Colecciones: Guías del buen gourmet. Morales i Torres Editores, S.L. Barcelona-2005), que en España fue en los tiempos de la postguerra civil española cuando el consumo de puros se fue expandiendo del segmento más o menos elitistas tradicional consumidor de puros. Fue en ese tiempo cuando se extiende hacia unos niveles sociales mucho más amplios y los puros pasan a ser algo más normal dentro de la sociedad. "se pone de moda que constituya un buen regalo para gran cantidad de situaciones, sobre todo como obsequio navideño". "Es cuando aparece la costumbre de entonces por parte de las empresas, de obsequiar a los clientes y amigos con la popular cajita de puros".
Pero lejos de identificarme con esas etiquetas sociales, soy muy singular a la hora de encender un puro, lo suelo hacer siempre a solas, en espacios abiertos (jardines, plazas o parques) y se tiene que dar exclusivamente que esté atravesando por momentos de evocación del placer en los cuales aprovecho para conjugarlos con la alegría interior. Es en ese entonces cuando me pongo a fantasear con el presente, dejar que venga a mi mente la acumulación de mis experiencias pasadas, reconociendo en todo momento que ese presente que estoy disfrutando no forma parte ni del pasado ni del futuro.
Pero también aprovecho para fantasear con el futuro, intentando modificar el pasado, un pasado más adornado, más agradable, menos doloroso y por qué no, más placentero. Entre bocanadas y bocanadas de humo me dejo llevar también por esos momentos en los que mi mente se pone a dar vuelta y mas vuelta al pasado, eso que muchos llaman recuerdos, nostalgia de aquellos momentos también placenteros.
Pero tengo que aterrizar, estar conciente que ya se termina el verano, que por ahí hacen cola para entrar: el otoño con su cielo plomizo, que detrás le sigue el invierno con sus aires impasiblemente fríos. Pongo freno y aparco en la realidad de que ya no tendré oportunidad de estar en magas cortas y bermudas en la Plaza Tirso de Molina en las noches, disfrutando de esos momentos de placeres y alegría interior.
Se que no puedo cambiar esos procesos de la naturaleza, no aspiro a tanto, eso de querer cambiar el mundo no está en mi agenda de vida, lo que si está es lo de cambiar con el mundo.
Como tengo una vida limitada, que soy como los yogures con fecha de caducidad, en este caso no precisada, y sabiendo que no podré hacer nada para cambiar el clima que próximamente afectará eso de disfrutar en las condiciones ambientales actuales de la Plaza Tirso de Molina fumándome un puro, porque son circunstancias periféricas que no depende de mi, entonces voy aprovechar ese tiempo que invertía en ese placer, en momentos que si dependen de mi, así que voy incrementar los tiempos para regocijarme viviendo en alegría, en la salud y paz interior.
Gracias a mi nueva incursión en el mundo de los blogs y las redes sociales anoche tuve la gratísima oportunidad de cenar en casa de una amiga y su familia Elvira Escribano, que tenía nada más y nada menos 8 años que había perdido el contacto con ella.
De camino a casa en el Metro, en esos momentos que vas enchufado a todo gas al ipod con mirada perdida hacia los reflejos de las personas en las ventanas del vagón, me desconecté por un momento de todo y me conecté conmigo mismo y reflexioné sobre lo saludable que resulta esto de tener amigos.
Me recordé de niño tarareando la famosa canción del cantautor brasileño Roberto Carlos , “ Yo quiero tener un millón de amigos”. Ni en sueño me acerco ni creo que me importa mucho acércame a esas cantidad de tener un millón de amigos, porque estoy muy satisfecho ya que los que tengo valen más de un millón.
Supongo que cada persona se creará sus propios parámetros para valorar la amistad, yo particularmente me baso en la reciprocidad de dos componentes básicos: confiar y compartir y también en el proverbio que dice: “El que busca un amigo sin defectos se queda sin amigos”.
Para mi la amistad no se impone, ni se programa, como todo en la vida requiere de un esfuerzo para conseguirlo y lo más importante es poner los medios para lograrlo y mantenerlo.
En mi andada por la vida he creado lazos afectivos con un montón de personas, ya sea por encuentro en común, interés por algún objeto, situación, sentimiento o ideal, pero sostengo que la amistad se hace grande con el contacto recíproco, que no puedes existir por separado.
De ahí que me he puesto en marcha en esto de inventariar a esas personas de las que tengo la sensación que son mis amigos y que aunque sea a cientos o miles de Km., pudo recurrir a ellas solamente para hablar y saludarlas.
Por mi actividad profesional me puedo relacionar con muchas personas, pero la madurez me ha enseñado que no son las personas que me crean simpatía las que puedo incluir en mi inventario de amigos, sino las personas que me crean empatía, esa capacidad para comprender y para compartir con esas personas alegrías y tristezas, con las que puedo hacer posible esa capacidad de razonarme a mi mismo, evaluar mis sentimientos y razonarlos en esa persona, para evitar justificar mis propios deseos.
Puedo estar de acuerdo en cierto modo con algunos que suelen clasificar por categoría a sus amigos, pero les puedo asegurar que el subidón que me ha dado reencontrarme con mi amiga Elvira, su esposo y su dos preciosos hijos es parte de las razon por la que la considero una amiga.